Yo no llevaba la entrepierna perfectamente depilada y arreglada como algunas chicas, de hecho, ni siquiera es rosa. Lo mío se parece más a un oscuro y siniestro taco de lengua, de un tono más magullado que sonrojado. Pero pronto aprendí que a nadie le importa lo que tengas entre las piernas. Descuidado, prieto, con piercings, afeitado, menor de edad o distinguido, no deja de ser un coño y vale su profundidad en oro liquido cuando eres una stripper.
Navegar la piel
Blog de literatura erótica
domingo, 15 de mayo de 2011
Diablo Cody: diario de una stripper
jueves, 12 de mayo de 2011
domingo, 8 de mayo de 2011
Cristina Peri Rossi: Solitario de Amor

La mayoría hemos tenido alguna vez amor al que deseamos obsesivamente; el vecino con el que jugabamos a las escondidas, el compañero de banca en la secundaria, el profesor favorito, el primero novio, en cierto grado se convierten en un amor que nos trastorna, pero hay uno que nos lleva al límite y hace que todas nuestras palabras sean un código que lo describe, y este tema aborda Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941) en su libro Solitario de Amor (1988).
Aida está vestida con su corta malla negra; debajo, nada. Alguno de sus vellos púbicos asoman por el triangulo de la ingle. El tren tiene las luces encendidas.
viernes, 1 de abril de 2011
sábado, 12 de marzo de 2011
Bon Appétit
Me arrepiento de las dietas, de los platos deliciosos rechazados por vanidad, tanto como lamento las ocasiones de hacer el amor que he dejado pasar por ocuparme de tareas pendientes o por virtud puritana
Canonicemos a las putas
Das el placer, oh puta redentora del mundo, y nada pides a cambio sino unas monedas miserables. No exiges ser amada, respetada, atendida, ni imitas a las esposas con los lloriqueos, las reconvenciones y los celos.Y lo reafirmaba Benedetti:
Soy un parroquiano que encendió las velas de tu altar, ofuscado de encontrarte boca abajo en la orilla de la cama, como una gata de lomo arqueado que ronronea contra la almohada. Has perdido el velo, la túnica, ese vestido rojo de santa sin nombre ni iglesia, y yo creo en ti.
Soy devoto de tu imagen, virgen nacarada que se ha girado entre las sabanas y me mira con ojos y senos. Podría arrodillarme, orar, hasta que apartando mis manos me abrieras el cuenco de tu boca y yo bebiera de tu saliva. Pienso que cada secreción de tu cuerpo es liquido bendito, quiero curarme las heridas en el sudor de tus pechos amamantándome con la paciencia de una madre primeriza.
Has dicho “ven” más que una orden, una petición. Tu mano me parece una espiga larga, y yo me acerco, profano, para lavarme los pecados en tu vientre, besar tu sexo, rodar la boca por tus muslos. Cuando te levantas y luminosa atiendes a tu siguiente cliente, eres verdaderamente una santa.
Georges Bataille y el erotismo


